17/6/16

El libro



“… y así la vida lo quiso”.
Cierro el tomo y, melancólico, lo abrazo como a un almohadón, como a un oso de peluche. Delira mi mente al recordar lo narrado en las hojas, sorbo el café, me arrebujo en el abrigo y enciendo el calefactor.
En el universo templado del comedor, la imaginación aparta las cortinas y se enfrenta al invierno y la noche. Adivino la cresta del glacial paleolítico que invade la ciudad. Las luces de las farolas parecen cristales de hielo, los árboles semejan líquenes de la Tundra y la luna, blanca y fría, domina con su fulgor helado.
La alborada sopla la niebla y muestra la escarcha que, como un comandante, forma al césped en un batallón de sienes blancas. Un rayo rasante anuncia al sol que luego esconderán las nubes. Con él refulge el jardín y brillan las alas, metálicas, del colibrí. Inmóvil, liba la flor y pienso que la fina lengua se le congeló en el cáliz de la engañosa rosa. Las blancas no mienten, más las rojas muestran el rojo caliente del frenesí.
Las pausadas y profundas campanadas del reloj, firme y de guardia, me traen del ensueño y las cortinas se cierran. Medito mi soledad, la paladeo y la huelo. Tiene un gusto amargo que me entristece y un olor a moho antiguo que me llena de años.
Te presiento en el dormitorio y me pregunto la frase final del tomo: ¿Realmente la vida lo quiso así? ¿No tiene fin el templar de nuestras almas? Si desde hace décadas entrelazamos nuestros destinos ¿Por qué ahora divergen?
Como lobos, somos alfas que dirigen a los ciegos. Sin embargo, mis colmillos, hoy extraños, te hieren sin querer y estalla la quimera en tu semblante, los gritos en tu boca y el odio en tu mirada. Sigo animal y respondo el ataque. Escalamos, peldaño a peldaño, una escalera de reproches que inventamos como lanzas que hacen jirones el corazón. ¿Ha menguado tu amor?, o ¿El rostro de la parca te obliga al miedo?
Todos nuestros momentos se atesoran en el cerebro. Poseemos la mejor máquina del tiempo y con ella revivimos aún lo no vivido. La playa, tu piel. El sol, tus pechos. El agua salada y tus dulces besos. La pasión escondida entre las dunas y esa hija que pare tu vientre. Dichas y tragedias, muertos y vivos, amigos y rivales, se mezclan en un loco caleidoscopio de tiempos y sentimientos.
Nada está donde fue, nada fue sin nuestra presencia. Es nuestro pasado, tan nuestro como ninguno y que no cambiaría por otro. Lo repito como letanía, como un rezo laico y, lleno de esperanza, subo las escaleras. Sin luz (pero con Luz), encuentro el camino al lecho y abrazo, aquella, tu añorada tibieza.
“… y así la vida lo quiere”.


Carlos Caro
Paraná, 5 de junio de 2016
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Amor y tiempo



Los años me abaten con un conformismo resignado. No me importa la promesa de la primavera sin tu risa al despertar. Mantas, vestiduras y los afeites, se confunden con la melancolía. El café y las tostadas, el amanecer y los pájaros, así como el perro que me ladra, no logran sacudirme tu locura o mi alienación.
Sin advertirlo se abren los ventanales, desayuna el can y me persigue sin tregua y juguetón. Como en un sueño me interno en tu selva sin podar y me duele el corazón con el recuerdo…
 Pala, rastrillo y tijeras, insecticida y serrucho tus dominios emprolijan. Se cuadra el césped con la cortadora, mueren pérfidos gusanos y laboriosas hormigas. El filo del acero corta sin piedad gajos, ramas y, si no corriera, la cola del perrito que alborota.
Todo ha cambiado y tropiezo al retornar. Busco en lugares ya hollados e imagino los restos del perfume, los ecos silentes de tu voz y una risa en el rincón. Almuerzo y siesta se enredan en el anhelo de visitarte y en el cielorraso marchan los minutos y las horas, inmisericordes, en un desfile cruel y eterno.
Llega el instante y camino las veredas, tibias y luminosas, como si fueran un mágico océano que nos separa. Saludo a José, el portero, en la entrada. Me persigno ante el altar polideico de Nyarlathotep que adora Moisés y adelanto el caballo blanco en la partida de ajedrez que hace semanas juegan inmóviles otros residentes. Al pasar canto: ¡Envido y truco, carajo!, a los contendientes de los garbanzos y le preguntó a Clarita, antes de entrar, si todavía duermes.
Tu pecho respira tranquilo aunque las pestañas presienten, nerviosas, el despertar. Se abren y me enajeno en ese universo de niña feliz y que no alberga pesares. Cumplimos otra vez nuestro rito pagano y contraemos enlace en el fondo del edificio. Te preceden hacia el altar las madrinas. Arrojan plumas, cacareos y se sonrojan ante el gallo iridiscente que nos bendecirá.
Los padrinos, trasparentes, nos sonríen y el Chiquito que nos sigue, hace piruetas y nos ladra con celos. Las flores bailan al compás del órgano de colores del arcoíris y las hojas verdes susurran el coro que, triunfante, nos acompasa.
Imagino una guirnalda en tu sien y una gardenia en mi ojal, así como aquellos anillos que, desde entonces, nos unen. El turbado beso que escanciamos marca el atardecer, la despedida, y el solitario regresar.
Cierro…, sin apetito y en la oscuridad titubeo, el tormento me aplasta ¿No tendrá fin el espanto? ¿No será más humano perder toda razón?
Hoy ni siquiera recordaste mi nombre.


Carlos Caro
Paraná, 9 de junio de 2016
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24/4/16

Bárbaros, salvajes vestidos con trajes de Armani



No.
No. No aguanto más
No. No aguanto más a este mundo tan desigual donde tantas esperanzas fueron ilusiones y que gira y gira demente y complaciente.
Los medios mienten u ocultan el sufrimiento, la angustia, y, peor aún, el hambre y el miedo de millones. Tampoco le dicen  al “primer mundo” que por su brutalidad ha dejado de serlo. Convierten a sus habitantes en cómodos cómplices que ciegos,  creen que sobrevivirán a la hecatombe.
Solo me distraje una mañana y por la tarde lloré. Lloré amargamente al enterarme de la tragedia de los desesperados que, desde Libia, murieron al intentar, por cualquier medio, llegar a Europa ¿Qué se ha hecho de ese faro de cultura y conocimientos? Retraída en sí misma y a las órdenes de la OTAN es una cáscara vacía de los miles de años de historia y de las decenas de civilizaciones que la formaron. A ellas las han convertido en lugares turísticos y, piedra a piedra, en el “merchandising” con el que lucran. Atónito, imagino al norte que envejece como un avaro que custodia su oro, su tierra y su petróleo; se divide y mata. Mata con las guerras sin derecho, mata  con la indiferencia y mata con la polución que, mentiroso, no  podrá controlar.
Con furia cierro la “laptop” e imagino a Mahmud…
Arrastro paso tras paso y, extenuado, me obnubila un sol que apenas asoma en el horizonte de arena del Magreb. Todavía tirito con el frío tremendo de sus noches y me apuro para encontrar un refugio antes de la media mañana. Allí el calor que sube será de cuarenta grados y evaporará la única agua que me queda, mis lágrimas.
 Aturdido y tambaleante busco entre la muchedumbre de espectros a mi familia. Repaso la cuenta y si concuerda, me encojo de hombros ante los caídos que quedan detrás. Sin embargo, cuando evito al desdichado que cae frente a mí, me horroriza la piedra en que se transformó mi corazón. Son mis amigos y parientes, es mi pueblo. Soy médico, ¿cómo embrutecí? ¿Qué es esta marcha desesperada?
Recuerdo con horror las sucesivas masacres que ocurrieron. Primero, los ataques ilegales de los yanquis y los franceses que apoyaron a los rebeldes islamitas. “Primavera árabe”, las llamaron para esconder su insaciable sed de petróleo que con su riqueza nos elevó, nos dio una educación, una salud y un bienestar similar a los de Italia, Grecia o España.
Tras asesinar y linchar a Muhamar Gadafi junto con sus hijos de uno y dos años, todo se derrumbó y, como una broma del destino (una vez que los extranjeros aseguraron las instalaciones, los oleoductos y los pozos), la maldición continuó. Somos un país con dos capitales, Trípoli y Tobruk y dos monedas que nunca más llegaron. En solo cinco años retrocedimos siglos y los muertos se secan cubiertos por la arena ya que las facciones nos fusilan. Un día una y otro, otra.
Buscamos la salvación en la costa y, a través del Mediterráneo, en Lampedusa, que brilla como un ícono de vida en nuestras mentes. Debimos darles a los traficantes: dólares y euros, anillos y alhajas y hasta la honra les entregamos. Abordamos de a cientos en barcos, navíos y botes. Nos apiñamos inconscientes en cualquier cosa que flotara al pensar que la muerte quedaba atrás.
Entre las olas le grito a mi hijo — ¡Ibrahim! ¿No pierde aire  ese gomón?
—Sí, pero ya lo emparchan. No te preocupes.
— ¡Salima!, ¡Salima! Acércate a la borda, mujer. Tu navío está más cerca, vigila a Ibrahim.
El gomón se desinfla, entra el mar y los ocupantes enloquecen. Son gente del desierto, nadie sabe nadar.
— ¡Ibrahim…! Aguanta, ya vamos— le grito mientras maldigo a los remeros del bote para que se esfuercen.
Saco a Ibrahim vomitando agua salobre, pero otros diez ocupantes del gomón se aferran al costado y, al tratar de subir vuelcan el bote. El pánico se extiende como un incendio en la pradera.
—Te tengo. Tranquilízate. Llevo salvavidas— le susurro para que los que se ahogan no me escuchen.
Miro alrededor y comprendo que es el fin. Varias embarcaciones se acercan veloces para rescatar a familiares y amigos.
— ¡No! ¡No! ¡Sigan! ¡Salima! ¡No! ¡Se hundirán todos!
 El vapor de los traficantes cambia de rumbo y forman un remolino que los traga. El video de YouTube muestra a un barco mercante griego que rescata, frente a los férreos guardacostas italianos, a los aturdidos sobrevivientes: treinta y siete hombres, tres mujeres y un niño. Los lleva a la ciudad de Kalamata, en Grecia. La misma que nuevamente y, pese a sus calamidades, es la conciencia de occidente. Allí, un Mahmud demudado, relata el naufragio y espera ansioso su castigo. Cuando lo repatrien, le darán la muerte que quiere y necesita para no enloquecer.
Entretanto el legendario Caribdis se reúne con su compañero Escila en el estrecho de Mesina, y deja, al pasar, los cadáveres en las playas de Lampedusa que vuelve a lamentar otro funeral anónimo.
Ya de noche resuena en mi cabeza, como burla, la máxima política del personaje de “El gatopardo”, escrito por Giuseppe Tomasi, nacido en la isla: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie".

Carlos Caro
Paraná, 23 de abril de 2016
Notas y opiniones: http://cort.as/eX9f
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